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Hace poco pasé un día en un importante laboratorio de diagnóstico estadounidense. Durante las presentaciones de resultados de las empresas del sector suelen utilizarse términos como «automatización» y «laboratorios centrales a gran escala», así que me resultó de lo más interesante conocer por dentro esta enorme instalación de casi 14.000 metros cuadrados, con un sistema logístico y robótico perfectamente coordinado, que funciona sin interrupciones y que procesa más de 100.000 muestras de pacientes al día.
El laboratorio es tan grande que a los visitantes les enseñan una imagen aérea tomada con un dron para que no se pierdan. Está ubicado en una antigua fábrica de pintura rehabilitada a la que se le ha añadido una nueva ampliación, que forma parte de un proyecto de expansión del capital de siete años, y cuenta también con un almacén independiente.
Los servicios de la compañía cubren una enorme zona geográfica y en ella trabajan más de 800 personas, entre ellos numerosos médicos. La compañía presta servicios muy diversos, que van desde los análisis de sangre rutinarios a labores especializadas en oncología y enfermedades infecciosas.
Además de las certificaciones estatales habituales, el centro cuenta con la acreditación ISO 15189, un certificado voluntario y más exigente para los sistemas de calidad de los laboratorios. No se trata de un simple adorno, sino de un nivel adicional de disciplina de procesos en un entorno de grandes volúmenes.
El laboratorio cuenta con una red de unos 700 mensajeros que realizan 300.000 recogidas diarias en toda la región. También hay 600 centros de atención al paciente que conforman una red de laboratorios «satélite» más pequeños, donde se recopilan las muestras antes de enviarlas al laboratorio durante la noche.
Como inversor, es evidente que aquí la escala es clave: conocer cómo funciona realmente en la práctica lo hace más tangible.
En mi recorrido por el laboratorio, pude ver cómo las muestras de sangre de los pacientes iban desde la recogida hasta el resultado y almacenamiento. Me resultó especialmente interesante ver cómo las muestras recién llegadas se descargaban en cintas transportadoras y se introducían en cargadores automatizados. Aquí es donde el laboratorio hace gala de su grado de sofisticación tecnológica. En lugar de ser los técnicos los que manipulen las muestras, de ello se encarga un sistema automatizado. Las muestras se dividen en porciones más pequeñas para distintos tipos de pruebas, entre las que se incluyen inmunoensayos, análisis tiroideos y marcadores oncológicos. El sistema registra cuánto se utiliza de cada muestra y qué cantidad queda.
Una vez clasificadas y colocadas en gradillas, se envían a las diferentes áreas del laboratorio donde las máquinas realizan las pruebas. Para la mayoría de los pacientes, los resultados van directamente desde estas máquinas a los ordenadores de hospitales y clínicas, sin que tenga que intervenir ninguna persona.
El proceso se desarrolla de manera ininterrumpida; en torno al 40% de la plantilla trabaja en turnos de noche, que es el momento de mayor actividad, porque es cuando van llegando las muestras desde los laboratorios satélite.
Aquí es donde entra en juego la economía: una vez cubiertos los costes fijos y montada la infraestructura, las pruebas adicionales sobre muestras ya existentes tienen un margen muy alto.
La automatización y la escala aportan ventajas reales que van más allá del simple procesamiento de un mayor número de muestras. Las muestras se manipulan de forma sistemática: las máquinas que se encargan de dividirlas y distribuirlas, lo que reduce las posibilidades de que se produzcan errores humanos. No hay errores en el etiquetado, y también se eliminan los errores en la medición de volúmenes.
Se hace un estrecho seguimiento de los indicadores de errores e incidencias, como la pérdida de muestras o los accidentes, y los datos han mostrado mejoras significativas a lo largo del tiempo. Podemos compararlo con laboratorios más pequeños de hospitales, donde hay más pasos manuales y un mayor margen de error, así como una menor automatización y empleados que tienden a ser más generalistas. En este laboratorio ocurre lo contrario: un elevado coste fijo, pero un coste marginal por prueba adicional muy bajo y unas menores tasas de error.
Esto crea una ventaja competitiva real: unas tasas de error más bajas y una entrega de resultados más rápida se traducen en mejores resultados económicos.
Aquí es donde la historia se pone interesante. Podría pensarse que la automatización ha hecho que el laboratorio haya sustituido a las personas por máquinas. Pero no ha sido así. Hay 800 empleados porque sigue habiendo mucho trabajo. Lo que pasa es que se trata de un trabajo diferente.
De hecho, hay escasez de técnicos de laboratorio en todo Estados Unidos, lo que ha llevado al laboratorio a invertir en formación. Colabora con centros y universidades locales para crear canteras de talento y, además, cuenta con su propio programa de formación.
Algo muy importante es que la organización presta especial atención a la cultura de la compañía, en un contexto de trabajo ininterrumpido. Hay puestos especializados, se hace mucho énfasis en la conciliación de la vida personal y profesional y hay grupos de empleados muy activos y eventos culturales. La tasa de rotación está por debajo de la media del sector, algo que resulta especialmente llamativo en un sector que se enfrenta a dificultades generalizadas de dotación de personal.
La filosofía de la dirección es clara: automatizar tareas repetitivas, poco agradables y de baja cualificación, y orientar a las personas hacia labores de mayor valor, como la resolución de problemas, el control de calidad y áreas complejas que exigen capacidad de decisión. No se trata de reemplazar a las personas, sino de permitirles hacer un trabajo más interesante, mientras las máquinas se encargan de las tareas más rutinarias.
La visita no se limitó a las cintas transportadoras. Pudimos ver tecnología de última generación en sistemas de lectura de portaobjetos asistida por inteligencia artificial, así como un uso creciente de software y sistemas de soporte a la toma de decisiones que pueden extraer datos clínicos de las historias electrónicas, sugerir pruebas adecuadas en función de comorbilidades y guías clínicas, y ayudar a los médicos a evitar pruebas que resulten innecesarias o, por el contrario, excesivas.
De nuevo, no se trata solo de una tecnología interesante: es una manera de realizar más pruebas por registro (un menú más completo para el mismo paciente) y de afianzar la integración en los sistemas hospitalarios, lo que favorece que el laboratorio resulte más difícil de sustituir.
Tras la visita a la empresa, estas son mis conclusiones:
Cuando uno lee la presentación de resultados trimestrales de la compañía, podría pensar que esto no son más que detalles operativos. Sin embargo, al recorrer el laboratorio, queda claro que el modelo operativo (la escala, la automatización y el trabajo en equipo) es la verdadera estrategia.

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