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¿Le gustaría viajar a la Luna como nuevo destino vacacional? Me estaba ilusionando bastante con esa idea, pero las últimas noticias indican que las empresas espaciales comerciales han dejado de centrarse en el turismo ciudadano para dedicarse a obtener contratos de logística, transporte de carga e infraestructuras para la futura base lunar de la NASA. ¿Aspiramos a alcanzar las estrellas o nos conformamos con otro cráter de la Luna? Al reflexionar sobre mis viajes de la semana pasada por China y Filipinas, tengo la sensación de que las rivalidades geopolíticas estratégicas actuales van mucho más allá de nuestras fronteras terrestres, lo que incluye la carrera hacia la Luna.
Hace unos días, China logró aterrizar su primer cohete reutilizable, situándose a solo 24 meses de distancia de EE. UU. en cuanto a capacidades lunares, y no a los 10 años que muchos suponían. La construcción de bases en la Luna se ha convertido en una prioridad estratégica, ya que los satélites pueden alcanzar un objetivo en solo unos minutos tras salir de órbita, mientras que los misiles balísticos intercontinentales (ICBM) con base en tierra requieren al menos el doble de ese tiempo de vuelo, además del tiempo necesario para repostar y lanzarlos.
En esta nueva realidad, tanto la política espacial como la comercial equivalen a la política exterior, y el frágil equilibrio que hemos mantenido desde el fin de la Guerra Fría se está poniendo a prueba de formas que van literalmente hasta el infinito y más allá.
Durante la semana que pasé en Shanghái y Pekín, hubo una cosa que me quedó muy clara: China ha desarrollado una ventaja estratégica en dos ámbitos clave que marcarán la próxima década: las infraestructuras energéticas y la integración de la IA. Mientras EE. UU. se enfrenta a un problema de inflación, derivado de una red eléctrica poco desarrollada y de su continua dependencia del petróleo, China ha construido una sofisticada red eléctrica que suministra electricidad a un precio de entre 0,08 y 0,12 dólares estadounidenses por kWh. Esto supone casi la mitad del coste en EE. UU. (entre 0,15 y 0,17 dólares por kWh) y un tercio de lo que cuesta en Europa (entre 0,2 y 0,4 dólares por kWh).

Superdeportivo Xiaomi SU7 Ultra: oficialmente, el coche de cuatro puertas fabricado en serie más rápido del mundo en la actualidad.
Esta ventaja energética se ha traducido en una notable integración de la IA en toda la economía. El alcance es impresionante: desde la contabilidad y la revisión de contratos hasta la planificación y la optimización de las instalaciones, la IA se ha implantado en las plantas de producción a un ritmo que hace que su adopción en Occidente parezca insignificante. Pude presenciar la impresionante integración entre persona, coche y hogar que ofrece Xiaomi, con su nuevo superdeportivo eléctrico, que cuenta con 1.548 caballos de potencia (como los de un Lamborghini) y una autonomía de batería de entre 600 y 900 km, con recarga completa en 25 minutos, todo ello por 75.000 dólares. El coche más barato con una potencia equivalente fuera de China sería el Hennessey Venom F5, un vehículo de gasolina, que cuesta a partir de 1,8 millones de dólares. En China, la integración de la IA también resulta evidente en la medicina, donde el seguro nacional ya cubre aplicaciones médicas como los robots para implantes dentales y de rodilla ya están cubiertos.
Las repercusiones económicas son enormes. La IA requiere menos crédito que la inversión industrial tradicional, lo que indica que se puede hacer mayor hincapié en la política monetaria y fiscal para estimular la demanda. Creemos que, en China, el Banco Popular Chino (PBoC) dispone de margen para rebajar aún más los tipos de interés, dado que la inflación sigue bajo control. Por ejemplo, con los tipos hipotecarios en el 3%, hacen falta más bajadas de tipos para reactivar el mercado inmobiliario. China cuenta con más herramientas de política monetaria a su alcance que la mayoría de los mercados desarrollados que se enfrentan a presiones inflacionistas.
En un entorno en el que la mayoría de los principales países no pueden permitirse una guerra convencional y la revolución de la IA aún no se ha traducido en ingresos para la mayoría de los trabajadores, tanto la política monetaria como la fiscal deben asumir la mayor parte de la carga. Al no tener un problema de inflación, China cuenta con más margen de maniobra.
Sin embargo, los responsables políticos chinos se han mostrado reacios a emprender un programa de expansión fiscal a gran escala. El giro hacia proyectos de infraestructura «pequeños y atractivos» en el marco de la Iniciativa de la Franja y la Ruta refleja esta nueva realidad. Los proyectos relacionados con la sanidad y el agua potable han sustituido a las megainfraestructuras, ya que los flujos de caja cobran son ahora más importantes que las garantías gubernamentales. A pesar de los controles de la cuenta de capital, la internacionalización del renminbi continúa a un ritmo constante: más del 30% del comercio se liquida ahora en renminbi (frente a apenas el 15% de hace una década) y el mercado de bonos «panda» crece a un ritmo del 50% anual.
Esto podría ser un rayo de esperanza para un entorno de beta positiva en la deuda china denominada en moneda local. La cuestión es si este tema puede traspasar las fronteras de China. En este caso, parece que la proximidad regional y las valoraciones atractivas podrían no ser suficientes para generar el efecto halo. Mi viaje a Filipinas es un buen ejemplo de ello.
Mi visita a Manila me mostró un país atrapado entre su potencial y su situación política. El ciclo político de tres años de las elecciones locales, la imposibilidad de que los presidentes sean reelegidos tras un único mandato de seis años y la existencia de conglomerados profundamente arraigados hacen que resulte casi imposible realizar un ajuste económico rápido. El crecimiento se ha reducido a la mitad, pasando del 6% al 3%, debido en parte al escándalo de corrupción relacionado con el control de las inundaciones del año pasado, que retrasó el gasto en infraestructuras, mientras que el consumo ha caído hasta el 4%, a pesar de que el endeudamiento y el déficit por cuenta corriente siguen siendo elevados.
Irónicamente, el anterior régimen de Duterte, a pesar de sus evidentes dificultades, resultó más eficaz a la hora de impulsar reformas económicas, precisamente porque no estaba aliado con la oligarquía arraigada. El estancamiento político actual —con el Senado centrado exclusivamente en el proceso de destitución de la vicepresidenta, mientras que el presidente Marcos y la vicepresidenta Sara Duterte apenas coinciden en algo, salvo en su mutuo rechazo— pone de manifiesto los retos estructurales a los que se enfrenta el país.
Filipinas espera que las futuras colaboraciones en materia de IA con EE. UU. y la atención prestada a los minerales críticos puedan impulsar el crecimiento y la inversión extranjera directa, pero el ritmo de ajuste es demasiado lento. Los ejemplos en todas las facetas de la política nacional: las reformas agrarias de la era comunista impiden la propiedad de más de cinco acres (por lo que las importaciones de alimentos resultan muy costosas) y las políticas proteccionistas hacen que los precios del arroz sean el doble y los del azúcar el triple de la media mundial, por citar solo unos ejemplos. La lentitud del cambio se hace patente incluso en el hecho de que Filipinas sea el único Estado miembro de la ONU que carece de una ley general de divorcio, una prohibición que tiene su origen en siglos de colonización española y que, podría decirse, constituye una forma práctica de proteger a la élite empresarial.

Un yipni abriéndose paso entre el tráfico de Manila; el emblemático medio de transporte público de Filipinas ha cambiado poco desde que se reutilizaron los jeeps estadounidenses tras la II Guerra Mundial, una metáfora muy acertada para un país al que le cuesta modernizarse.
Es cierto que el país cuenta con importantes reservas de divisas (100.000 millones de dólares estadounidenses), vulnerabilidades externas aparentemente manejables (con una deuda externa en relación al PIB en un modesto 30%) y flujos de remesas anticíclicos. Sin embargo, la tendencia resulta preocupante, ya que tanto los inversores en acciones como en bonos están dando la espalda al mercado. En los mercados de renta fija, los rendimientos de los bonos locales a cinco años han aumentado 140 puntos básicos (pb) este año, alcanzando el 7%, el nivel más alto desde la crisis financiera mundial, mientras que el peso filipino (PHP) ha seguido perdiendo valor gradualmente, registrando una caída adicional del 4,5% en lo que va de año, a pesar de un tipo de interés oficial más elevado, del 4,75%, tras dos subidas de tipos este año. Esto se debe en parte a la preocupación de los inversores de que la inflación probablemente se mantenga elevada (el objetivo actual para este año es del 6,4%), dada la reciente subida del salario mínimo del 12%, que no se ha incluido en las previsiones del Gobierno, así como al efecto de El Niño, que podría ejercer una mayor presión sobre los precios del arroz, ya de por sí altos. Hoy en día, el mercado bursátil local es un recuerdo lejano de lo que fue en su día. Con un ratio precio-beneficio (PER) de 8/9x, ahora es más barato que durante la crisis financiera mundial y supone solo una pequeña parte de su múltiplo máximo de 20x de hace más de una década. La capitalización bursátil de Filipinas asciende actualmente a solo 150.000 millones de dólares estadounidenses, es decir, tres veces menos que la de la vecina Indonesia, y el número de empresas del índice se ha reducido de 23 a 9. Sin embargo, resulta llamativa la falta de urgencia por llevar a cabo reformas. Como apuntó uno de nuestros contactos: «¡No hay sentido de la urgencia, no hay competencia, solo modo de supervivencia! La sociedad está hecha por la élite y para la élite».
Este contraste entre China y Filipinas evidencia una verdad más amplia sobre el mundo actual: la competencia regional y global se está intensificando, y los países que no puedan adaptarse rápidamente corren el riesgo de quedarse atrás. La situación actual difiere notablemente de la crisis asiática de 1997, ya que la mayoría de los países disponen de importantes reservas de seguridad. Sin embargo, sería peligroso dormirse en los laureles durante demasiado tiempo.
China apoya a las industrias, mientras que Estados Unidos apoya a las personas: una diferencia fundamental en el enfoque que se extiende a su compromiso internacional. EE. UU. se enfrenta a retos estructurales que resultan de su ciclo electoral de dos años y de su falta de paciencia estratégica, mientras que China demuestra coherencia y planificación a largo plazo, aunque no siempre se lleve a cabo de forma que Occidente considere atractiva. Es posible que todas las regiones tengan que adaptarse para mantener el equilibrio estratégico.
Quizás un mundo en el que China gastara más, EE. UU. ahorrara más y Europa invirtiera más ofrecería una base más sólida.
Para los inversores, esta nueva realidad supone tanto oportunidades como retos. La deuda china denominada en moneda local podría beneficiarse de la mayor flexibilidad de la política monetaria del país, aunque los rendimientos actuales de los bonos de las administraciones locales a cinco años, situados en el 1,4%, se sitúan ya en mínimos históricos. Los sectores expuestos a la integración de la IA y a la transición energética merecen una atención especial, aunque quizá la mejor forma de sacar partido de ellos sea a través de los mercados de renta variable en lugar de los de renta fija.
Sin embargo, las trayectorias divergentes de países como Filipinas sugieren que no todos los activos de los mercados emergentes se adaptarán igual de bien a este nuevo entorno competitivo. Aunque las valoraciones de los activos de renta fija en moneda local filipina puedan parecer atractivas, los inversores necesitan ver un compromiso claro con reformas favorables a las empresas para liberar el potencial del país, lo que incluye leyes de liberalización empresarial y fiscal, la reducción de la burocracia, la simplificación de los procesos normativos y la mejora de las infraestructuras digitales y físicas. Mientras tanto, nos parece más atractivo seguir a los conglomerados filipinos a nivel internacional, invirtiendo, por ejemplo, en sus recientes adquisiciones de activos de petróleo y gas en Colombia a través de bonos corporativos denominados en moneda fuerte, que cotizan 300 puntos básicos por debajo de los de la empresa matriz.
La carrera hacia la Luna puede parecer ciencia ficción, pero sus implicaciones para la política exterior, las alianzas estratégicas y, en definitiva, la rentabilidad de las inversiones están muy arraigadas en el día a día. Al dirigir nuestra mirada hacia las estrellas, hemos de recordar que el éxito requiere tanto ambición como pragmatismo, cualidades que determinarán qué países y qué inversiones alcanzarán verdaderamente el infinito y más allá.
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